Primero se imponen las pinceladas y luego aparecen las pinturas. Estar frente a las obras es una experiencia similar a cuando sentimos un ritmo contagioso y comenzamos a bailar sin haber terminado de escuchar toda la canción.
Cada cuadro está hecho de cientos de trazos gruesos y cargados de color. Son huellas extensas y flexibles que se organizan por la superficie capa sobre capa. Las pinceladas generan un entrelazamiento lisérgico de colores fríos con toques cálidos y viceversa. Son gestos cargados de materia que circulan de manera ligera como el aceite frío sobre el teflón. Gestos que dejan mudas a las palabras y vuelven inútiles a los argumentos.
Las imágenes arremolinadas, abstractas y briosas parecen parientes de las pinturas selváticas de Mary Abbott. El uso amalgamado de la paleta, la composición rítmica y libre de las pinceladas de Sorans tienen gran afinidad con las de la nonagésima artista que en los años 50` dejó atrás su vida de modelo, el brillo y las tapas de Vogue para pintar vivaces paisajes en Haití, en el corazón de su selva.
Los trazos desplegados sobre las telas de Sorans tienen su origen no en el mundo exterior, sino que surgen de impulsos nacidos en algún lugar del cuerpo. Pintar para la artista es un ejercicio físico que busca la organización interna del organismo, un trabajo de composición pictórica, pero sobre todo de la imagen corporal. Las obras parten de una necesidad concreta: drenar energía y el drenaje, ese paso de los fluidos de un terreno a otro, siempre tiene una función de saneamiento.
Como en un sistema de drenaje, los impulsos son recogidos de las profundidades por redes para ser trasladados a la tela. Sorans desplaza su propio yo y se siente un médium que transporta energía, esa cosa, fuerza, ente o capacidad de la que todos hacemos uso y entendemos en sus acepciones racionales o arcanas. Energía para transformar, alterar, remplazar o poner algo en movimiento.
Movimiento del cuerpo de la artista, de cada una de las obras y de nuestra visión que no encuentra puntos fijos frente a lo que mira, y que expande la fuerza centrípeta de las imágenes al resto de nuestros órganos y músculos. Todo esto ocurre dentro de una envolvente atmósfera expresiva, en una gran estructura pictórica donde nos mezclamos entre las pinturas y nos fundimos al son de un compás que alterna distintas cadencias entre el verde ftalo, el gris y un rosa salmón.

Lara Marmor, Octubre 2016

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